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Los diarios están llenos de noticias que deberían asombrarnos, inquietarnos, hacernos reflexionar, /incluso si a menudo se esconden en las páginas menos frecuentadas. Durante años, J. Rodolfo Wilcock las buscó y coleccionó. Su ojo rapidísimo aislaba las novedades curiosas de toda índole que, con su acumulación, transformaban el mundo en el que los hombres se habían habituado a vivir en otra cosa. Wilcock refleja estos "Signos del tiempo" a veces en su ejemplar desnudez, otras veces los comenta con discreta ironía y otras los hiere con la punta del sarcasmo. Hay casos en los que el lector resbala insensiblemente de una noticia a una alegoría, de una información a una visión, donde lo que se presentaba con las características de lo bizarro y de lo improbable ha entrado a formar parte de la obviedad (por ejemplo, el personaje de James Bond). Muchos han tratado de interpretar nuestra época de un modo más o menos arbitrario; maestro de la brevedad y de la impasibilidad, Wilcock nos la muestra con la sobriedad y la elegancia que son la fisonomía de su inteligencia. Entre las múltiples modalidades del placer que proporcionan estos hechos inquietantes, el lector encontrará una que el autor tal vez no previó -o que, tratándose de quien se trata, disimuló adrede-: la perspectiva del tiempo otorga a esta colección de ficciones documentales otro comentario, ingenuo o avasallante.
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Los diarios están llenos de noticias que deberían asombrarnos, inquietarnos, hacernos reflexionar, /incluso si a menudo se esconden en las páginas menos frecuentadas. Durante años, J. Rodolfo Wilcock las buscó y coleccionó. Su ojo rapidísimo aislaba las novedades curiosas de toda índole que, con su acumulación, transformaban el mundo en el que los hombres se habían habituado a vivir en otra cosa. Wilcock refleja estos "Signos del tiempo" a veces en su ejemplar desnudez, otras veces los comenta con discreta ironía y otras los hiere con la punta del sarcasmo. Hay casos en los que el lector resbala insensiblemente de una noticia a una alegoría, de una información a una visión, donde lo que se presentaba con las características de lo bizarro y de lo improbable ha entrado a formar parte de la obviedad (por ejemplo, el personaje de James Bond). Muchos han tratado de interpretar nuestra época de un modo más o menos arbitrario; maestro de la brevedad y de la impasibilidad, Wilcock nos la muestra con la sobriedad y la elegancia que son la fisonomía de su inteligencia. Entre las múltiples modalidades del placer que proporcionan estos hechos inquietantes, el lector encontrará una que el autor tal vez no previó -o que, tratándose de quien se trata, disimuló adrede-: la perspectiva del tiempo otorga a esta colección de ficciones documentales otro comentario, ingenuo o avasallante.